jueves, agosto 26, 2010

Epitafio




"Te encontraré una mañana, dentro de mi habitación, 
y prepararás la cama, para dos".
-Sui Generis

 "Llora, llora hueón de mierda", decía prendiendo el que se convertía en el ochentaiúnavo cigarro del día. Llevaba cinco horas de espera en el Servicio Médico Legal, y sólo lograba pasearse por el estacionamiento, cuestionándose. "Es tu hermana, al menos le debes un llanto". La ira recorría su cuerpo y se estancaba en sus puños, que se apretaban dispuestos a golpear al primero que, tal vez sin intención, colocara mal una palabra, dibujara mal un gesto. "Mataría a alguien, hueón". Apretó el cigarrillo en una pared del estacionamiento, apagando así el único brillo del pequeño terreno, que se escondía de la lumbre proveniente de la calle gracias a los tres murallones que lo perimetraban. Avanzó hacia la salida del estacionamiento, dejando su espalda tres puntos naranjos, que brillaban tenuemente en la pared. Un poco más allá vio un foco quemado, culpable de la penumbra del lugar.
 Rodeó el edificio, que más bien parecía una casa adaptada para oficinas, y caminó por lo que era un callejón que servía de conexión entre la calle y el estacionamiento, a su derecha las ventanas del recinto médico mostraban algo de actividad. Dentro avanzó un par de pasillos y llegó a la sala de espera de la morgue, se veía un par de funcionarios empezando el turno nocturno, moviéndose por el salón que estaba separado de los pasillos por una puerta de vidrio y un par de vidrios rectangulares a los lados. Cuando entró por primera vez, a rellenar el papeleo, lo asombró el tamaño de la sala, era enana, casi del ancho del pasillo, y de largo, no tendría más de cuatro metros, al fondo se veía el panel de la recepcionista y una puerta con un letrero de "prohibida la entrada a personal no autorizado", por esa puerta se llegaba a los cadáveres, intuía. Dio un vistazo alrededor, lo deprimía el blanco de las paredes, la lentitud del auxiliar que barría hastiado y el cansancio de la recepcionista que llenaba  papeles sin ganas, le daba rabia. Pero más le daba rabia que ellos no tuvieran las preocupaciones que el tenía. "Uno se queja de barrer y la otra hueona de que tiene que llenar un par papeles".
 —Y yo con el peso de mi hermana encima, y no les importa dijo como hacia adentro. El auxiliar pareció escucharlo y levantó la cabeza—. ¡Les importa un pico!— gritó mientras la ira desalojaba sus manos y asistía  su boca y ojos. En la sala el auxiliar y la recepcionista alzaron la vista y siguieron con su trabajo.
—Acostumbrados los hueones— los increpó, luego de dar un grito casi gutural.
—Calmesé  caballero —dijo la recepcionista, arrastrando la voz. El conserje reconoció el acento chilote, le recordó su pasado en la isla, antes de escapar hacia el continente. Así lo hacía siempre: evitaba o escapaba de los problemas, y esta vez no haría un excepción.
—¿Que me calme? ¿quieres que me calme?. Cinco horas llevo esperando pa' que me entreguen el puto cádaver de mi hermana, fue un choque, por la mierda. ¿Qué la puede haber matado? ¿veneno hueón? ¿ah? —se impresionó de hablar así de su hermana, la ira lo tenía nublado.
—Sino se calma, caballero, llamaré al guardia.
—Me voy a calmar, ¡después de hacer mierda esta hueá de sala de espera! —dijo tomando una silla/sillón y lanzándola contra el vidrio que estaba enmarcado en forma de puerta. Ésta rebotó y, casi en forma de burla,  quedó parada en sus cuatro patas. "Plexiglass y la concha". Luego de un coro de resoplidos se sentó en el sillón/silla que hace segundos volaba hacia la puerta de entrada, y salida también. Sentado se sobaba la cara con fuerza despeinándose en el movimiento.
—¿Puedo fumar acá?
—Dele nomás caballero—. "Si dice una vez más caballero, la mato", pensó.
 Prendió el ochentaidósavo Viceroy y sintió algo de calma, que se debía más al cansancio que a un retroceso de la rabia. Por la puerta de plexiglass entró un guardia que se acercó a él.
—¿Está tranquilo ahora?
—Sólo quiero el cádaver de mi hermana.
—Para eso es necesario que complete el papeleo —respondió el guardia, ya veterano en ese trabajo. Entendía algo la angustia del agente de ahí. Esa condescendencia molestaba más a su interlocutor.
—Ya entregué los putos papeles hace una hora, y aún no me entregan a mi hermana —paró y aspiró el cigarro tirando el humo en la cara del guardia—. Hice todo el papeleo en el Ministerio Público y pasé dos horas de mierda con los pacos interrogándome. Hace doce horas que tuvimos el accidente donde murió mi hermana y aún no me la entregan —dijo, reafirmando el último punto, con la boca tiesa y juntando los dientes cada vez que respiraba. El guardia miró a la recepcionista, buscando pistas para resolver el problema.
—Sí, entregó too' los papeles el caballero, y el es el tutor legal de la niña, pero resulta que no quiere hacer ná con la funeraria —respondió ésta ante la apelación del hombre de azul.
—¿Cómo? —dijo el guardia, sin comprender.
—Quiere llevarse a la niña en auto.
—No puede joven, debe sacarla en ataúd y por medio de una funeraria.
—Sí le dije, y no hace caso. 
—¡Porque ella no quería eso! —gritó, con vehemencia.
—No podemos entregársela —versaron a coro—. Tendrá que conseguir una carro fúnebre, hay préstamos y ayudas para eso —agregó la recepcionista.
—Ni yo ni ella queremos eso, ¡por la chucha! ¡dénmela, hueón dénmela! es mía. No pueden quedársela —volvió a juntar los dientes para enfatizar, acompañó eso de una mirada que inquietó al guardia.
— Tranquilícese o me veré obligado a reducirlo y llevarlo con la policía. En cuanto a la niña, se la daremos, cuando cumpla
—Dame a mi hermana ahora, concha de tu madre —se esmeró en pronunciar correctísimamente el insulto. Dicho esto, tomó velozmente un florero que tenía a mano y le dio en la cabeza al guardia, éste cayó y antes de que pudiera pararse había sido despojado de su pistola. Retrocedió apuntando al guardia y tomó a la recepcionista como rehén y le apuntó a la cabeza. Miró al guardia apenas se había levantado, notó llevaba un walkie-talkie  en el cinturón.
—Muéstreme donde está —.Y antes de que ella pudiera responder, añadió—: y no vuelvas a llamarme caballero. Tú, guardia tírame tu teléfono —. El guardia hizo caso, el joven paró el celular con el pie y lo pisó haciéndolo pedazos—. ¿Dónde está mi hermana? dime, rápido por la chucha. 
—Ya.
—Habla mujer —. No le gustaba hacer eso y, además, estaba tanto o más nervioso que la recepcionista. Debía actuar rápido.
—Abra 'sa puerta... —reprimió un caballero— a la, a l'izquierda van 'aber tres puertas, en la segunda está su hermana.
—Y por dónde puedo salir.
—Aquí... al fondo hay un portón gris, da'l estacionamiento —respondió al borde del tartamudeo y el llanto.
—Gracias, dama— se despidió casi sarcástico y miró al guardia—. Y tú, no hagas nada.
  Dobló a la izquierda como le dijo la recepcionista, le asombraba la sagacidad y velocidad con la que había actuado. "Algo que saque de tanta serie policial que veo". Llegó a la segunda puerta, demoró un segundo parado enfrente hasta que recordó que el tiempo lo apuraba. Cerró los ojos antes de entrar y trató de recordar cómo era ella antes de morir, dejar bien arraigado el recuerdo para que la imagen inherte de su hermana no perturbara las memorias que tenía de ella. Entró y la vio. Estaba helado.
 Aspiró el cigarro que tenía en la mano y lo dejó caer, reprimiendo ese instinto (que le parecía estúpido) que obliga a la gente a pisar cualquier objeto encendido. Sus curvas semipronunciadas de adolescente destacaban por la palidez del cuerpo. Se veían un par de rasmillones y moretones disimulados con maquillaje, la herida más grande, y causante de la muerte, se encontraba en la nuca tapada por el cabello que ella tanto cuidaba. Se sorprendió ante la pureza de su cuerpo, toda ira se desvaneció, sólo quería salir de ahí. Prendió un cigarro. Cubrió el cadáver con una manta y la tomó en brazos, como tantas veces había echo antes, llevándola a su cama luego de que ésta exigiera dormir con él debido a un fingido miedo a la oscuridad ambos sabían que era mentira, pero por una especie de acuerdo él le perdonaba la mentira y ella el cambio de cama. Avanzó corriendo hacia el portón y lo pateó para abrirlo. Tuvo la impresión de que llovía a cántaros pero el cielo se mostraba casi tan desnudo como su hermana. Corrió hacia su auto y abrió la puerta trasera dejando a su hermana tendida en el asiento. La ausencia del parabrisas y los vidrios rotos dejaban en claro la gravedad del accidente. Milagrosamente, o irónicamente, el auto sólo había sufrido daños estructurales dejando la parte mecánica intacta. Apagó el cigarro en el muro (junto a la quemadura que había dejado el ochentaiúnavo cigarro de ese día) y subió al auto por la puerta del copiloto luego de un inútil esfuerzo por abrir la otra puerta, encendió el motor y salió, agradeciendo que algún empleado negligente dejara el portón abierto. La falta de parabrisas le complicó enormemente prender un par de cigarros (uno ya no le generaba nada, no lo sentía), el viento le llegaba directo en la cara haciendo un ruido inmenso. Encendió la radio y el reproductor de cd's lanzó los primeros acordes de una canción, reconoció el tema: "Canción para mi muerte", de álbum "Vida", primer trabajo de Sui Generis. "Charly culiao'", dijo tomando el cd y tirándolo por el parabrisas. Aceleró y fijó rumbo hacia la parte este de la ciudad. 
   Saliendo de la ciudad observó el retrovisor, vio el reflejo del único culpable. "Si tan sólo no la hubiese ido a buscar, enojado." "Si sólo la hubiese obligado a ponerse el cinturón", "si sólo ...", la culpa lo obligó a detener el auto, presionó su cara con las manos y cerró los ojos, no era el momento para sentir culpa. Levantó la cabeza alfrente se acercaba la curva donde sucedió todo. Vio otra vez la cara de su hermana, enojada, la aguja del velocímetro entre el cien y el ciento diez, los cigarros tirando humo, se vio otra vez gritándole, "cómo chucha te escapai' pa' meterte con ese hueón", "quería sólo llevarte a la cama, ¡pendeja hueona!". Se vio a sí mismo, mirándola "¡y te apuesto que la tiene chica el hueón!", la risa de ella, la de él y una exhalada de humo de cigarro simultánea, ella soltando la nube de su Lucky hacia él, y él botó lo de su boca hacia ella, un choque de humo entre ellos. Y de pronto el salto, el susto, el giro de cabeza para volver a ver la pista, la reacción rápida, el derrape y el choque contra la barrera de contención. 
  Volvió al mundo real, esquivó el bache que produjo el accidente y terminó la curva que antes dejó inconclusa. Prendió otro par de cigarros y miró hacia atrás. Extrañamente el cuerpo de su hermana lo volvió a calmar. Miró hacia la derecha y vislumbró por un instante el lugar donde ella quería ser enterrada: a los pies de un notro, único árbol de la casa que habían recibido de una tía, único árbol de la casa en la que crecieron, "en realidad sólo ella", se corrigió. Se despidió a lo lejos del lugar donde vivieron solos los dos. "No te podré enterrar ahí". 
  Luego de casi una hora, y alrededor de diez cigarros (esta vez fumados individualmente) llegó al fin de la doble vía, encendió otro para de cigarros, y siguió hacia la cordillera, tenía el estanque casi lleno así que no le importaba cuan lejos tuviese que ir. Se fijó en la hora en el reloj del auto, las once con diez minutos. En la pantalla del reloj se vio de nuevo reflejado, y cerró los ojos de nuevo. Siguió avanzando rápidamente hasta llegar a un desvió que daba a un bosque, parte de la reserva nacional Huemules del Nolcahue. Tenía la certeza de que allí no la hallarían, continuó con el auto hasta el fin del camino y se bajó. Tomó de nuevo a su hermana en brazos, ahora si llovía. Se introdujo en la profundidad del bosque y no se detuvo hasta pillar el notro -también llamado fosforito o ciruelillo- adecuado. Del auto sólo había traído la mochila de ella y lo más parecido a una pala que pilló: una barretilla. De la mochila sacó dos objetos que su hermana nunca soltaba, una bufanda roja y una armónica que él le intercambió por un reloj que ahora llevaba puesto. La tierra estaba blanda y eso le facilitó el trabajo, sólo interrumpido por algunas raíces rebeldes, terminó de cavar y sin darse cuenta ya había prendido otro Viceroy. Rodeó el cuello de su hermana con la bufanda y la puso en la tumba, en su mano puso la armónica. La vio por última vez y le besó el hombro -así se saludaban con un abrazo y un beso en el principio del brazo- tapó el hoyo con tierra, la esparció homogéneamente y sacó una cortaplumas. Se detuvo frente al árbol y comenzó a tallar lo siguiente:
    "Aquí duerme Elena, hermana, nunca hija. 
Madre de quién fue su padre y mejor amiga de su asesino. 
Libre incluso después de muerta"
Tomó otro cigarro, el número cien, último de la cajetilla y -vió la hora casi instintivamente, eran las doce y algo- el primero del día. Sintió ganas de llorar. No podía, al menos eso le debía. 









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